#6 Gerda Taro

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Gerda Taro (1910-1937) fue una pionera en el reporterismo de guerra y la primera en morir en el frente. Sin embargo, su nombre sale pocas veces cuando se habla de fotografía en general y de reporterismo de guerra en particular y, cuando sale, suele hacerlo como “la novia de Robert Capa“. Gerda es uno de los casos más clamorosos de fotógrafa invisibilizada por sus compañeros masculinos, en este caso uno y muy concreto, Robert Capa, personaje que, creó ella misma, y al que dio forma humana Endre Friedmann, un fotógrafo húngaro al que Taro conoció en París.


En 2018, el nombre y la historia de Gerda Taro saltaron a la palestra inesperadamente, no por su trabajo, sino por la aparición de una fotografía en la que un joven médico limpiaba la sangre de su rostro el mismo día de su muerte. La fascinación (o el morbo) que en general sentimos por la muerte y la tragedia recuperó a Taro del limbo de los olvidados en pleno siglo XXI, nada más y nada menos que 80 años después de su muerte. Se escribieron artículos y más artículos recordando que Gerda también era Robert Capa, el fotorreportero norteamericano intrépido y aventurero cuya figura Taro y Friedmann alimentaron con su trabajo. Ambos hacíain las fotos que se vendían con la firma de Capa, y así, con el halo de ser obra de un valiente fotógrafo americano, conseguían venderlas tres veces más caras que firmadas con sus verdaderos nombres. Gerda jamás consiguió despegarse del aquel personaje ficticio, aunque todo indica que lo intentó, ya que empezó a firmar sus fotos como “Taro Photo”. La invención de Robert Capa fue todo un éxito y su trabajo (el de Gerda y Endre) comenzó a ser conocido en todo el mundo. Pero la temprana muerte de Gerda a los 26 años, el machismo de la época (y, no lo olvidemos, de la profesión) y la determinación de Friedmann por seguir manteniendo el mito, aún a costa de dejar de lado a Gerda, hicieron que él acabara quedándoselo todo: el nombre, la fama, la leyenda, el prestigio… Y las fotos. Todas, incluyendo las Taro.
Dicen que tras la muerte de Gerta Taro, Capa jamás volvió a hablar de ella, que no la mencionaba nunca. Su silencio contribuyó al olvido de la joven fotorreportera y la condenó a ser poco más que una anécdota en la historia, protagonista de un par de párrafos, en los que su horrible forma de morir (aplastada por un tanque) y su papel como novia del mito acabaron llevándose todo el protagonismo.


Las crónicas de la época cuentan que, entre las filas republicanas, bando al que Gerda acompañaba y con el que se identificaba ideológicamente, la llamaban “el pequeño zorro rojo” con cierto tono paternalista. De Taro se decía que era “tan hermosa que hubiera podido ser modelo”, que fumaba, que llevaba el pelo corto como el de un chico. Es curioso, a la vez que revelador, que el nombre de Gerda Taro se omitiera incluso en la anotación que aparece en el reverso de la foto recién descubierta de su cuerpo inerte. Una nota manuscrita la identifica como “Mrs Frank Capa” (señora de Frank Capa) Su famosa foto apoyada sobre un tocón mientras parece descansar, agotada, es una de las más hermosas que yo he visto jamás. Es un buen símbolo del agotamiento de vivir a la sombra del mito, de tener que trabajar y esforzarse el doble, de tener que demostrar constantemente su valía, de tener que ocultarse tras la figura de un hombre para poder vender su trabajo, para que lo tomen en serio. En definitiva, el agotamiento de estar y tener que sobrevivir en un mundo de hombres.

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